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viernes, 27 de mayo de 2011

¿Es posible coordinar las políticas de integración nacional y regional de los inmigrantes?

Por Manuel Velandia
España, mayo 2011

Una política nacional o regional que no tiene en cuenta en su proceso de elaboración  los directamente implicados y sus necesidades como también las situaciones externas e internas que motivan la inmigración siempre será contemplada por los inmigrantes como vulneradora de sus derechos fundamentales, ya sea que esto ocurra en todo el territorio español o en una comunidad especifica.

Los más recientes procesos migratorios de los países europeos en crisis políticas y por supuesto económicas demuestran que la cooperación internacional es una falacia a la hora de solventar los problemas locales de los países que generan la migración hacia España y la Comunidad Europea en general.

La situación interna que posibilita el "efecto llamada" no lo provoca el cambio en las normas locales sino "la oferta de trabajo ilegal", una oferta que incluso en la actual crisis económica sigue encontrando en los inmigrantes una mano de obra de bajo costo y clandestina que significa no solo la pauperización de dichos trabajadores sino además el incremento del desempleo y afecta la economía por el no pago de impuestos y de aportes a la seguridad social. Como afirmara Josep Borrell "El efecto llamada es la oferta de trabajo ilegal que moviliza a ciudadanos y les hace correr riesgos a través de mafias que hoy tienen una cifra de negocios superior a la del tráfico de drogas"[1].

Se suele considerar que los migrantes están representados por las asociaciones que dicen representarlos, pero la gran mayoría de migrantes no confían en dichas organizaciones como tampoco creen que sea realmente posible una integración si esta se fundamenta en unos cursos que ni permiten conocer la cultura ni muchos menos construir relaciones con los autóctonos dado que estos nunca asisten a dichos procesos integradores.
Una respuesta real a este problema implica un cambio radical en la construcción de políticas, un cambio que implica  procesos mucho más democráticos y por tanto mucho más horizontales, un cambio que además requiere trasformaciones significativas en las políticas de los demás países de la comunidad,  en el sentido en que lo que suceda en España y al interior de sus comunidades no puede ser ajeno a las normas europeas.

No puede negarse que la Ley de Integración de la Generalitat  Valenciana aprobada el 26 de noviembre de 2008 nació con un sentido positivo  por cuanto que se trata de una norma de integración global, que hace hincapié en el equilibrio entre derechos y deberes de los extranjeros en la Comunitat Valenciana. Una Ley que señala que la integración implica el reconocimiento de una serie de derechos y deberes que parten de los criterios de convivencia y organización característicos de la sociedad española y valenciana, refrendados por la Constitución Española. Sin embargo España no es la Comunidad Valenciana sino las 17 comunidades autónomas españolas además de Ceuta y Melilla; por tanto, la integración debe ser una prioridad en todas las comunidades dado que alguien que se integra en una comunidad, si es que esto realmente se logra, no se integra en España sino en un pequeño espacio del estado español.

La Ley valenciana establece un modelo global de integración de los cuyo punto de partida es el conocimiento y respeto mutuo dentro del marco constitucional y estatutario. Sin embargo en la práctica tal conociendo mutuo no se da, dado que los mecanismos creados para que ello se cumpla no logra integración que promulgan, en el sentido en que en la forma en que se ejecuta únicamente logra tal integración (si es que realmente esto es así) entre los inmigrantes pues únicamente hay presencia de éstos y no con los españoles pues estos nunca asisten a tales actividades. 



[1] http://www.libertaddigital.com/php/imprimir_pagina.php?cpn=1276294831

No puede mejorarse aquello que de sí no depende: las actuales herramientas de integración europeas

Por Manuel Velandia
España, mayo 2011

Entre el Consejo Europeo de Tampere y el Pacto sobre inmigración y asilo que se refrendó por los 27 jefes de Estado y de Gobierno el 16 de octubre de 2008 en Bruselas, quedó algo claro y evidente: “la inmigración cero es un espejismo y las migraciones organizadas y reguladas pueden ser una oportunidad porque son un factor de intercambio humano y de crecimiento”, afirma Rafael Ripoll.

Tempere marcó una pauta que sigue vigente, una pauta que con los acontecimientos políticos sucedidos en el último semestre en países africanos, pone en evidencia lo frágiles que pueden ser las legislaciones en cuanto a la integración de los migrantes en la CE.

Las diferencias en las perspectivas frente a los africanos que llegan a Europa están agravando las divisiones entre algunas naciones europeas y poniendo nuevos obstáculos al sueño de una Europa unida. Las políticas italianas han sorprendido a otros países europeos, motivando encuentros y desencuentros entre países y generando posibles cambios en las políticas de inmigración. Llos italianos les han dado a muchos tunecinos permisos de residencia temporales que los habilitan para ir a cualquiera de los 25 países del bloque sin necesidad de visas; como respuesta Alemania y Francia se enfurecieron al comprobar  que muchos de estos llegaron a su territorio para reunirse con familiares. 

Las conclusiones de Tampere introducen cuatro elementos en cuanto a política de inmigración se refiere, que deberán ser tenidos en cuenta a la hora de desarrollar una política común en materia de inmigración y asilo, si es que realmente se pretende mejorar las actuales herramientas de integración europeas: la colaboración con países de origen; un sistema europeo común de asilo; el Trato justo de los nacionales de terceros países; y, la Gestión de los Flujos Migratorios adoptando dos vías: informar en los países de origen y tránsito de “las posibilidades reales de inmigración legal”, información que tendrá un claro componente disuasorio, y por otro lado la lucha contra la trata de seres humanos.

Su cumplimiento, como lo considera Ripoll, implica “concederles derechos y obligaciones comparables a los de los ciudadanos de la Unión, así como fomentar la ausencia de discriminación en la vida económica, social y cultural y a desarrollar medidas contra el racismo y la xenofobia”.

Pero el problema no solo radica en la aplicación de las normas establecidas hasta el momento, sino en la imposibilidad real que implica la colaboración con los países de origen dado que allí los problemas económicos y políticos desbordas las posibilidades reales de lo que desde la CU se puede hacer. De nada sirve avisar a los países de las posibilidades reales de inmigración legal”, si las propias condiciones de pobreza absoluta y la situación política obliga a los ciudadanos a desplazarse buscando alternativas económicas y mucho más democráticas. En la medida en que el ciudadano de a pie no logre visualizar el verdadero servicio que presta el inmigrante al desarrollo social, cultural y económico, seguirá presente la xenofobia y el estigma y discriminación que esta genera.